Mar Del Plata | Ciclo lectivo 2016



Tradicionalmente, la escuela capacitaba a las nuevas generaciones para su integración a la vida laboral y a la comunidad civil. Hoy, además de atender a esta necesidad, la escuela intenta responder a otras, como la alimentación en sectores de bajos recursos y la integración de niños y adolescentes con culturas y costumbres diversas.
El ritmo que imponen las nuevas tecnologías, la priorización de los resultados y las pocas expectativas que genera el futuro interpelan a la escuela. Se cuestiona su sentido, su “para que”, con el consecuente deterioro del prestigio social. Por eso es necesario reconstruirla a partir del estilo de convivencia que queremos proyectar en la sociedad.

De disciplina a convivencia:
Si antes la escuela se caracterizaba por su uniformidad, hoy se pone de relieve la riqueza de la diversidad. Como sociedad tenemos el gran desafío de construir un mundo de convivencia pacífica, donde la diversidad se convierta en interculturalidad y los vínculos se enriquezcan con las vivencias de los otros y no queden estáticos en estereotipos.
En la escuela esto supone redefinir los objetivos y los modos de trabajo y aceptar las diferencias propias de todo grupo humano. Por lo tanto el consenso no es un supuesto sin algo a alcanzar.
La escuela es escenario de conflictos y tensiones que ya existen en la sociedad. Las relaciones entre las personas, los valores, las normas y las actitudes dentro y fuera del aula pueden facilitar o no el aprendizaje. La razón es que muchas de esas normas surgieron en una época en la que se consideraba el conocimiento como un bien que solo el docente posee para transmitir a los jóvenes. Hoy sabemos que el aprendizaje es un proceso no lineal que supone tomar la información, probarla e inclusive equivocarse y descubrir que hay otros modos de pensar lo que se aprende. Así se forma una disciplina del trabajo en la que los límites marcan las condiciones y acciones necesarias para guiar el aprendizaje, a partir de las necesidades de todos.
Por cierto, hay docentes y escuelas que pretenden imponer las normas. Sin embargo, es preferible apuntar a un consenso general y a la recíproca aceptación para determinar la normativa. De este modo, la convivencia se construye con el aporte de los intereses y las necesidades de todos. La participación de alumnos, docentes y familias da validez a los acuerdos y otorga una sustentación democrática a la autoridad. De hecho hay instituciones que han adoptado pautas de convivencia escolar y de participación, a través de cuerpos colegiados de representantes.
Lejos de entrar en un estado de asamblea permanente una vez que se establecen pautas estas deben ser aplicadas salvo en circunstancias excepcionales. Esto no excluye la posibilidad de que el alumno disienta: los cuestionamientos de los niños y jóvenes nos permiten conocer su camino interior y ayudarlos en su crecimiento.

Familia y escuela:
El límite, tanto en el marco familiar como en la sociedad, entra en conflicto con el deseo, con lo espontáneo; y la responsabilidad de quien tiene la autoridad es la de guiar al otro. Sin embargo, esta división del poder no debe ser rígida sino fluida y contemplar variaciones según el momento y las posibilidades de los jóvenes.
Cuando el niño va a la escuela se produce una inevitable confrontación entre lo familiar ylo social. Puede poner en duda las certezas aprendidas en casa, intentar reformularlas e indirectamente enriquecerse él y su entorno. Sin embargo si la diferencia entre lo que se le propone en la escuela y su realidad familiar es demasiado grande, pueden generarse conflictos que afecten tanto el vínculo con el docente como a ciertas costumbres familiares. En estos casos el niño queda atrapado entre unos y otros como en el centro de un divorcio. Por esto, es importante una relación de mutua confianza entre la familia y la escuela, sosteniendo el rol del docente como representante de la legalidad lo cual no significa no tener una posición ingenua o acrítica. Ayuda, en este sentido, que entre docentes y padres haya mucha comunicación, que se informen antes de actuar, que haya momentos de reflexión serena y de consulta y ante los conflictos ¿por qué no?, recurrir a otros que hagan de mediadores (profesores, padres, alumnos según el caso).
Las pautas de convivencia son formadoras de valores. Por lo tanto, no se puede considerar que su interiorización por parte de los alumnos sea condición previa para que la tarea se pueda desarrollar, ya que es parte de la tarea misma de la escuela. Comprometerse con la convivencia significa aceptar el debate acerca de los principios que guían a toda la comunidad.
Es mucho el esfuerzo que los adultos tienen que hacer para sostener la escuela; y a veces se traduce en sufrimiento. Pero el sufrimiento es el signo de una dificultad de adaptación a una realidad nueva que, cuando existe el compromiso de crecer juntos, puede ofrecer alternativas. Por eso es bueno identificar el malestar, formularlo como problema a resolver e instalar un clima de confianza en el cual encontrar soluciones. Esto es clave para recuperar el proyecto educativo que debería apuntar esencialmente a transmitir la capacidad de pensar y de relacionarse con los demás. Porque no se educa para el presente sino para el futuro y eso no depende de una opción individual sino que constituye una tarea colectiva.

Por María Cecilia Musci (Psicopedagoga clínica)
FUENTE: Revista Ciudad Nueva



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